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El tren de la Araña
por Gaiane Turian
/ Sábado 24 de mayo de 2008
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Yancóal esperaba. Sentada en el borde del la caja del camión, tenía su lanzacohetes apoyado sobre las rodillas. Su peso le infundía seguridad.
Observó los rostros tensos de sus otros compañeros: el rostro recio y aceitunado oscuro de Yizen, los dientes de conejo de Ixni, el rostro inquieto de aquella chica cobriza, Ackimo, el extraño rostro azulado de Hix y, a su lado, la cara redonda y anaranjada de Tinkilanke. Y luego dejó resbalar la mirada en la cabeza rapada de la anaranjada Lince. No pudo seguir mirando al resto: con el rabillo del ojo distinguió el destello de un espejo. La señal convenida.
...Al doblar una curva, pudo ver la planicie....
Asomó la cabeza fuera del camión, sujetándose de uno de los parantes del camión, donde antes había descansado la loneta que lo cubría. Descendían lentamente por el camino de cornisa, protegidos por la sombra que proyectaba la serranía. Al doblar una curva, pudo ver la planicie de tierra rojiza. El sol se coagulaba sobre el horizonte.
Lo único que rompía la monotonía de aquel paisaje era una columna visible a contraluz del sol, y que se extendía hacia el cielo, perdiéndose a una altura inconcebible.
—Las guías del Ascensor —informó Ackimo, la experta cartógrafa del grupo. Yancóal asintió aunque seguía sin poder comprender cómo se podía subir en tren, engancharlo a un ascensor espacial más allá de las nubes y llegar al Espacio sideral. Pero el enemigo podía conseguir eso y mucho más. Y traían mercancías. Y gente. Gente que llevaban como esclavos o a los morideros que regenteaba la Araña.
Le habían explicado: traían a la gente de Xhui, la bajaban de la Estación Orbital por el ascensor espacial y la metían en vagones que enganchaban a vagones de tren. Gente que no tendría la más mínima esperanza de libertad. Era suficiente para tomar la decisión que había tomado: robarle esa gente al Imperio en sus propias narices.
Se trataba de esperar el tren y tomarlo por asalto.
Los conductores de los camiones de adelante vieron la seña de Yancoal por los espejuelos retrovisores y descendieron a la base de la serranía, sin abandonar la zona sombreada.
Se detuvieron. Yancóal saltó ágilmente del camión, hacia una explanada de roca, desde la cual podía dominar todo el paisaje. Hizo otra seña: Lince saltó a su vez y se agazapó, a poca distancia, acomodándose el lanza cohetes sobre el hombro izquierdo.
—Los médicos, que tengan listos sus medpaq. Tenemos exactamente quince minutos para todo el trabajo. Yizen, cúbrelos. Ixni, prepara los arneses. Lince, tu turno después de mí. —hizo otra seña con un espejo: —, luego actuarán los demás.
Y se dispusieron a esperar, en un tenso silencio, sin dejar de mirar la planicie.
Cruzó una mirada con Lince: una pequeña sonrisa alumbró el rostro de la muchacha rapada. Le devolvió la sonrisa con otra sonrisa fugaz. Libertarían a esos pobres desgraciados.
Los rayos rojizos del sol encendieron en un rojo sombrío la llanura. Algo se reflejó en la columna que se elevaba al cielo: los vagones del Ascensor.
Se oyó el sonido de las armas amartilladas, todos contenían el aliento. El viento caliente se fue enfriando mientras el sol empezaba su descenso. Sus rayos hicieron brillar los rieles que se adentraban desde el horizonte hasta la sierra.
Pronto vieron una línea plateada que llegaba a gran velocidad. Enseguida pudieron distinguir los vagones del tren. Yancóal disparó hacia las rocas delante de la sierra, con un preciso disparo de su lanzacohetes. Lince apretó los dientes e hizo lo propio: la locomotora del tren empezó a humear.
—¡Tienen seis soldados por vagón, malditas putas mandarinas!! —advirtió Ackimo, señalando hacia el techo de los vagones.
En efecto: cada vagón tenía en el techo seis soldados: entre éstas, al menos una llevaba uniforme turquesa: las temidas Damas-Águila. Iban bien armadas.
Sin pensarlo, Lince saltó desde la altura en que estaba, hacia el techo del primer vagón. Quedó acuclillada frente a las dos primeras soldados enemigas. Se parecía mucho a un lince, realmente, pensó Yancóal. Pero no se entretuvo en ese pensamiento: no podía usar el lanzacohetes, asi que lo descolgó de su hombro y con un solo movimiento, se colocó en su reemplazo la ametralladora y disparó.
Oía los disparos de los demás… su única preocupación era barrer del techo a las bastardas Imperiales. De los otros camiones también dispararon al tren.
Echó una fugaz mirada a los médicos: Xlemonij Hix no le hacía ascos a usar un fusil y estaba disparando hacia el enemigo con la pericia de un soldado profesional. La chica anaranjada, en cambio, no hacía más que poner caras de espanto.
Lince era decididamente mortífera: ella sola en tres disparos había bajado a las otras cinco soldados y saltaba al vagón siguiente.
—¡Ackimo, Tinkilanke... Abran el vagón y liberen a esa gente! —ordenó Yancóal. El azulado médico también acudió en ayuda del grupo, tratando de maniobrar la cerradura de las puertas del vagón contenedor.
Entretanto, la lucha era bastante desigual. Maldita sea, son superiores en armas a nosotros, pensó Yancóal… los cadáveres de los suyos salpicaban la tierra.
Finalmente Hix pudo hacer girar la cerradura, en forma de rueda, como las de las cajas fuertes. Ackimo y Tinkilanke alzaron la traba de metal: las puertas se deslizaron. Una de las soldados se asomó desde el segundo vagón y les disparó… Hix se aferró un brazo. También le dieron a la joven médica de tez naranja.
¡Oh, mierda, que no perdamos a los médicos! Yancóal disparó hacia esas soldados: una voló por los aires. Lince dio cuenta de otras dos, saltando al tercer vagón.
Entretanto, los médicos, sin hacer caso de sus propias heridas, ayudaban a salir a los cautivos: gentes flacas y desnudas, apiñados unos contra otros, se movían como ganado. A eso los ha reducido el Imperio, pensó Yancóal. Eso fui yo alguna vez. Sintió que el odio la quemaba y, si no hubiera supuesto un riesgo, habría disparado un misil contra todas aquellas soldados que custodiaban el tren. Respiró hondo: no podía perder la sangre fría, por más buenos que fueran sus motivos.
Los otros atacantes siguieron la estrategia convenida: algunos cubrían por ambos flancos a los que intentaban abrir las puertas. Sólo tres más lo consiguieron… las imperiales serían el mismo número pero eran profesionales: las bajas empeoraban.
Algo sucedía en el último vagón, el décimo. Un par de soldados apoyaban algo como un ancho tubo y metían algo dentro: a esa distancia no alcanzó a distinguir.
No hizo falta: la estridente y aguda voz de Lince los advirtió:
—¡¡¡MORTEROOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
Las soldados enemigas saltaron de los vagones hacia la derecha y empezaron a correr a campo traviesa, alejándose.
Yancóal miró hacia Lince, con una seña de interrogación. Lince juntó las manos en alto, abrió las palmas hacia arriba, juntó las muñecas con las palmas abiertas, las cerró y volvió a separar las palmas hacia abajo. Luego hizo el gesto del índice tocando la palma: un minuto.
Yancóal sintió un escalofrío por la espalda: explosión. Nuclear.
—¡RETIRADA!! TODOS A LOS CAMIONES... RETIRADA, DEJEN LOS VAGONES. ¡YA!
No había tiempo de recoger a los muertos. Ackimo y los dos médicos montaron en el camión junto a la gente que habían podido rescatar. Yizen cerró las puertas enseguida que Lince saltó junto a ellos dentro de la caja del vehículo. No podía reunirse con ellos, así que Yancóal se subió al camión que tenía más cerca.
Los conductores forzaron la velocidad de sus transportes, dos camiones se quedarían allí: ninguno de sus ocupantes estaba con vida. Un puñado de gente que se escapaba del vagón corría detrás de ellos, con la poca fuerza que tenían, quizá presintiendo lo que iba a ocurrir.
Yancóal sintió estrujársele el pecho: Lince, sálvate. Vio que el primer camión doblaba la curva de la sierra.
El trueno llegó, bronco, profundo. Un viento ardiente se levantó mientras una luz de un insoportable brillo se expandía en el aire. Yancóal volvió la vista a mirar. El dolor atravesó sus retinas, llegando a su cerebro. El camión se levantó en el aire. Sintió que volaba. Instintivamente abrió la boca, gritando mientras caía…
Estaba en la oscuridad más cerrada. Y tenía los ojos abiertos. Ciega. Y el dolor atenazaba sus entrañas. Un líquido ardiente subió por su garganta, quemándola. Vomitó. Respiró con cuidado: los pulmones parecían bramar en lenguas de fuego. Algo la aplastaba dificultándole el respirar. Se obligó a empujar con sus manos hasta quitárselo de encima: algo húmedo y pegajoso las empapó. Movió las aletas de la nariz: era el olor de la sangre. Era un cuerpo. Lo hizo a un lado acopiando sus fuerzas y haciendo caso omiso del dolor que recorría sus huesos. Tanteó sus piernas y brazos: todo parecía estar en su lugar. Era un dolor sordo, La cabeza le latía en dolorosas ondas púlsateles. Lo empujó a un lado, con precaución. Tanteó… La piel ardía. Y el dolor que sentía dentro era atroz. Vomitó.
Esperó a calmarse. Mientras, prestó atención a los ruidos de alrededor. Sólo el sonido del viento y el leve rodar de piedritas. Comprobó como tenía los huesos: había sido inmensamente afortunada. Casi podría empezar a creer que los dioses la protegían: había caído sobre otros cuerpos, los descubrió al gatear sobre ellos.
Sus manos tantearon hasta encontrar algo que parecía el suelo, con piedritas rocosas. Trabajosamente, juntó los pies junto a sus manos y, recién entonces, se puso en pie. Aguzó el oído: oía el viento, voces lejanas… el ruido, más cercano, de pasos.
—¡Ak’ aabich! —era la voz aguda de Lince. Sonaba ansiosa, ¿asustada?
Sintió alivio: no era la única sobreviviente.
—¿Estás…bi…en?
Hizo una mueca. Si algo le molestaba eran las preguntas obvias.
—No veo… y… estoy…viva —murmuró Yancóal. — ¿Cuántos sobrevivieron? —preguntó, para ahuyentar el dolor que le estrujaba las vísceras y la piel. La voz le salía sibilante.
—Sobrevivimos sólo los del primer camión, algunos. El resto… los alcanzó la explosión —informó Lince. En su voz había desaparecido la ansiedad, hablaba de modo átono.
El dolor le dificultaba pensar. Sintió que Lince le sostenía la cabeza, Trató de mirarla pero, claro, no la podía ver. Tenía que dar las órdenes antes de que el dolor la matara…
—¿Bakkel está?
—No, iba en el penúltimo camión. Murió, Aak’abich.
—Busca a alguien que sepa comunicaciones. Que llamen a las plumas negras y nos extraigan.
—Así se hará…
Lo conseguimos… Parcialmente, pero lo conseguimos. Ojalá sepan como llamar a las naves cotalpanitecas en nuestra ayuda. Yancóal iba a dar otra orden más cuando el dolor subió por sus vísceras, su garganta, su boca y apretó los dientes para no gritar… perdió el conocimiento.
Escrito en Marzo 2008.
:Este cuento puede copiarse citando la fuente, siempre que no sea con fines comerciales :