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Relatos
La huída
por Vuelo Nocturno
/ Viernes 31 de octubre de 2008
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Grité. Me puse en cuclillas sin saber si huir o quedarme allí, paralizada. No podía defenderme, no podía hacer nada. Ella se acercó a mi y me cruzó la cara de un puñetazo. Mi cuerpo temblaba de arriba abajo y ellas comenzaron a rodearme, eran tres. De mi nariz brotó un hilo de sangre. Sin que yo pudiera reaccionar, me acorralaron contra una pared.
Como buitres, sus sombras tapaban la luz del resto de la casa destruida.
Hablaron entre ellas, no comprendí lo que decían. Se miraron. Aproveché el momento de distracción para observar que cosas había a mi alrededor, algo, lo que fuese… Para salirme de esa situación. No encontré nada.
Sentí entonces que me agarraban y me llevaban fuera de la casa. Me resistí, pataleé. Me arrojaron afuera al patio como un trasto sucio y volvieron a cerrarse cercándome. Desgarraron mis ropas, dejándome una sensación de estar aún más indefensa. Me patearon, una se sentó sobre mí y se ensañó con mi rostro. Cada golpe que me daba, sentía como una nube negra inundaba mi cerebro, deteniendo el tiempo. Luego, apenas regresando a la conciencia, veía de nuevo al puño caer sobre mi rostro, inevitable. Y de nuevo: el tiempo se detenía en una nube negra. Sentí que ese momento se hacía eterno. Todo mi rostro estaba mojado, mi cuerpo dolorido, cuando el peso de su cuerpo liberó mi estómago, voces. Abrí a penas los ojos abrazándome y vi que una de ellas desenfundaba un arma. Es el fin, pensé.
Ella jaló el gatillo, no recuerdo su rostro, veía muy difusamente. La bala salió del cañón y me impactó en el muslo derecho. Mi garganta ya no tenía nada con qué gritar, retorcí mi rostro en un grito silente y tanto me dolió la mueca como el disparo que acababa de recibir.
Entonces escuché que gritaban. Se daba órdenes más bien, por el tono. Entraron de nuevo en la casa, sacaron los cuerpos de mi padre y mis hermanos a rastras. Entonces me di cuenta de que eran ocho. No me estaban prestando atención, no me miraban, cargaban los cuerpos. ¡No, no se los lleven!
Un fuego de miedo y desesperación se encendió en mi pecho:¡No quería morir! ¡No quería que me llevaran!
Me puse de pie y corrí, corrí, corrí. Me interné en la selva, salté troncos, crucé arroyos, no sé por cuántas horas. Pero corrí.
Cuando caí desvanecida entre unos matorrales el sueño se apoderó de mi cuerpo.
Al día siguiente me desperté de dolor. Todos mis músculos parecían estar atenazados de tirones y desgarros. La pierna derecha me ardía. Sentí en la lejanía el rumor de agua corriente y me dí cuenta de que estaba sedienta.
Me puse de pie como pude y caminé dejándome llevar por el oído. Finalmente encontré un arroyo, pequeño, pero en la parte más profunda el agua me llegaba a la cintura s me sentaba.
Me estiré cuán larga era sobre la corriente, dejando que el agua helada lavara mis heridas, calmara mis dolores.
No podía sacarme la bala de la pierna, no tenía como.
Me limpié la sangre que se endurecía sobre la piel de mi rostro y mis piernas. Observé los moretones en todo mi cuerpo. El tórax me dolía al respirar, debía tener una o dos costillas rotas.

Esos días que siguieron caminé sin rumbo. Una semana al menos. Cada vez que encontraba un curso de agua me detenía a beber. Hasta que llegué a un arroyo que me pareció conocido y decidí seguir su curso. Pero tenía miedo. ¿Y si llegaba a una aldea que estaba siendo atacada como la mia? ¿Podría escapar? ¿Sería capaz de ver de nuevo esa brutalidad?
Hacía días que no comía y la pierna cada vez me dolía más. Me la vendé con la poca ropa que me quedaba encima y caminé entre el verdor de la selva, perdiéndome en la espesura.
Tres noches después de iniciar al curso del río, de pronto me topé con un claro lleno carpas, bien ocultas entre la maleza. Ví un hombre, uno de mi gente que estaba sentado en una piedra, haciendo guardia.
Ellos eran los rebeldes. Hacía tiempo habían dejado sus hogares para migrar de un lugar a otro de la selva, oponiendo resistencia. Cuando abrí los ojos al día siguiente me habían llevado a una tienda, habían curado mis heridas con medicina tradicional, me habían cubierto con una manta y dejado ropa sencilla y usada, pero limpia, para que me cambiase.
Me dieron comida y luego que les conté lo que había sucedido, me entregaron un arma. Tuve que aprender a usarla. Tuve que aprender a pelear y a defenderme. Al principio temblaba y me moría de miedo cuando mis compañeros hacían los simulacros. Me recordaba a aquel episodio en el que antes fuera mi hogar.
Me tuvieron paciencia, a mí y a otros como yo.
Hasta que todos, incluso las mujeres, nos habituamos a combatir. Nosotras éramos rápidas como xuroes, ellos implacables como panteras.
Así fue nuestra vida por años. Tomamos ciudades, poco a poco, les hicimos la guerra. Así fue como aprendimos a usar sus armas y comenzamos a matarlas con su propia medicina. Tuvimos que dejar morir una parte de nosotros para superarlas, adaptarnos al desafío.
Pero les ganamos.
Les ganamos.
Vuelo Nocturno
Buenos Aires, 31 octubre 2008
Foto tomada por Hyacinths del sitio http://hyacinths.deviantart.com/art/war-sequence-88197785
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