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El Servidor del Valiente (I)
por Gaiane Turian y VueloNocturno
/ Jueves 30 de abril de 2009
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El muchacho estaba saliendo de la anestesia, luego de diez horas de cirugía. Le habían alterado los pómulos y las mandíbulas, le pusieron lentes de contacto permanentes de un tono dorado más oscuro para los ojos. La piel seguía siendo la de un xhuiteca, anaranjada, aunque otros detalles habían cambiado: la cabeza rapada, algunos dientes y alteraciones mínimas en otras partes de su anatomía, marcas de nacimiento borradas.
El supremo sacerdote del Señor de la Guerra, el Valiente Hankkoro entró en la habitación. Cerró la puerta tras él y se acercó a la camilla. Su rostro estaba oculto entre las sombras de la capucha que cubría su cabeza.

−Leixhan Baimal... Esta, será la última vez que alguien pronuncie ese nombre para dirigirse a ti.
El muchacho, aún bajo los efectos de la anestesia, lo oyó con bastante claridad. Intuyó que debía prestar muchísima atención al que le hablaba:
−Sin nombre... Sin familia. No volverás a ver a los tuyos. Nunca más.
Leixhan cerró los ojos un momento, sintiendo que el pecho se le estrujaba. Había pensado que un cambio radical se avecinaba en su vida pero no que sería tan definitivo...
−Esto que hemos hecho, ha sido por tu bien, según tengo entendido. Corro un riesgo importante cobijándote en mi templo, pero sé que no me defraudarás. Porque te esforzarás por hacer lo que sea necesario para que la Comandante de la Flota no te encuentre. No quisieras que ella te encontrara, seguramente... Estarás seguro aquí.
Intentó ordenar sus pensamientos. Sintió la boca seca, pero consiguió articular, comprendiendo: −Si, me esforzaré.
−Bien−. La voz del Supremo Sacerdote sonó grave, inmisericorde, entre las frías paredes de la sala.
−#FFA500;">Haré lo que sea necesario−. Creyó reconocer en quien le hablaba a Deloth Lebben, a quien se lo habían presentado en una fiesta pocos días atrás. Lo dedujo por su elevada estatura y el pelo blanco que asomaba debajo de la capucha..
−Serás... Ceyátecpatl. Este es tu nuevo nombre. Recuérdalo bien... El nombre significa Guerrero de Piedra en Xhuiteca. Te doy este nombre porque eres un hombre débil. Recordarás cada día el nuevo camino que emprendes, un camino de perfeccionamiento, de virtud, de trabajo duro sin cansancio ni queja. No será fácil para tí. Pero lo harás, porque tú eres la piedra en tu propio camino, Ceyátl.
El monje hablaba con voz firme, realmente como alguien habituado a hablar en publico, alguien que sabía hacerse escuchar.
El muchacho xhuiteca cerró los ojos de nuevo, esas palabras horadaban su ser, como espinas que se hundieran en su carne. Dolían de tan ciertas que eran.
−Aquí no hay lugar para el abatimiento ni para la debilidad. Ni para la víctima ni para el Señor que ha de ser servido. Empezarás como los niños, como cualquier novicio. Deberás hacerte del camino y fortalecerte tanto cuanto te lo permitas.
−#FFA500;">Si, reverendo.
El monje se acercó a él lentamente. Se detuvo, se quitó la capucha, sin dejar de mirarle a los ojos. Eran plateados y fríos como el hielo. El ahora Ceyátl reprimió sus lágrimas, sintiéndose desfallecer, temeroso de la reacción del monje. Iba a obedecer, porque eso es lo que había hecho toda la vida: obedecer.
−¿Sabes lo que es un guerrero, Ceyátl?
Evitó la mirada del monje, sin estar muy seguro de la respuesta. Quizá lo mejor es ser sincero:
−#FFA500;">Sé lo que es una guerrera. Alguien que combate, lucha. Supongo que los guerreros serían lo mismo.
−Equivocado−, dijo el monje con tono atronador. Y retiró la mirada de Ceyátl−: Un Guerrero es alguien que tiene una causa, una finalidad, una meta y está dispuesto a dar absolutamente todo lo que tiene, incluso su vida, para lograrla. La lucha no es solo literal. La lucha se da cada día en la mente del guerrero, dónde primero se conquista a sí mismo y luego, sólo luego, sale al mundo a combatir su verdadero propósito.
−Nuestro propósito es servir al Valiente. −agregó, con rotundidad.
El muchacho respiró hondo, comprendiendo la dirección de las ideas del Sumo Sacerdote de Hankkoro.
−#FFA500;">Comprendo. Ese será mi propósito entonces. Servir al Valiente y convertirme en un guerrero luchando conmigo mismo y luego en el mundo, es asi?
−Primero... lo primero. Ahora, mantén silencio. Porque nunca es bueno hacer una síntesis desprolija de unas palabras dichas con el solo fin de darte unas primeras orientaciones. Nada es tan fácil, Ceyátl.
Deloth Lebben dió unos pasos, tranquilo. Es más cuadrado que una piedra de sacrificios, pensó.
Ceyátl calló, conminado por las palabras de Deloth, con una mezcla de temor y expectativa ante ese futuro inimaginable que se abría ante él. Un futuro que prometía libertad si sabía aprovecharse de las circunstancias.
Deloth Lebben, con mucho cuidado, desenchufó el suero de la máquina. Se acercó con sus manos grandes y quitó lentamente las vendas que recubrían la aguja aún dentro del sistema de Ceyátl.
El joven xhuiteca siguió con la mirada lo que hacía el otro, en completo silencio, acallando sus preguntas.
El Supremo Sacerdote observó por un momento a Ceyátecpatl a los ojos, al tiempo que tomó la aguja entre sus dedos y la dejó caer con un suave tintineo sobre una bandeja de metal. El xhuiteca le sostuvo la mirada, intuyendo que habría sido un error evitarla, que era una señal de fortaleza sostenerla, aún a riesgo de parecer insolente.
−Vístete−, ordenó el monje, al tiempo que arrojaba una túnica de monje sobre el cuerpo del joven recostado en la camilla. Éste se incorporó con lentitud, para colocarse la túnica, directamente sobre la piel. Luego se puso en pie, descalzo ante el monje, llevándose una mano a la cabeza rasurada.
Deloth, al verlo de pie, se giró y abrió la puerta camina fuera de esa sala, por los pasillos subterráneos hacia el templo. Ceyátl le siguió en completo silencio, tratando de no hacer caso de los pies que le dolían al pisar con la planta desnuda el áspero suelo de piedra. Supuso que era parte de la prueba para fortalecer su espíritu.
Los pasillos eran oscurísimos y sus paredes de piedra, húmedas y frías. Cada tanto una mínima luz pasaba junto a ellos en las esquinas de las paredes.
Ceyátl sintió frío en el estómago ante la oscuridad en la que iban y la lobreguez del lugar. Deloth, en un momento determinado, se detuvo para vendar los ojos de Ceyátl con un pañuelo y comenzó a guiarlo desde atrás, tomándole únicamente por el hombro. El muchacho caminó hacia adelante, atento a las indicaciones que Lebben hiciera mediante una presión de la mano en su hombro. Inseguro, temeroso, caminaba demasiado despacio, temiendo chocar contra la pared, tanteando con los dedos por donde iba. Lebben lo guió con mano firme hacia adelante, haciendo que dejara de titubear. Ceyátl, un poco mas confiado, siguió hacia adelante, sin decir palabra...... temiendo que Lebben soltara el contacto, pues era lo único que le daba seguridad.
−Escalones –advirtió éste, al rato.
Ceyátl los tanteó con los pies descalzos, sujetándose de la pared con la mano, mientras los subía uno a uno.
−Aquí termina la escalera− dijo Lebben al cabo de un rato, conduciéndolo por otro pasillo cuya superficie parecía de cemento. Una brisa fresca dió en el rostro de Ceyátl.
El joven xhuiteca siguió andando a ciegas, con la nuca empapada en sudor. Pisaba con más seguridad, eso sí. Lebben lo detuvo. Le quitó la venda de un tirón y Céyatl pudo ver en donde estaban: un patio de suelo de cemento con una extraña imagen de una pantera enmascarada iluminada por las luces anaranjadas de las lámparas que colgaban en las paredes de piedra pulida negra. La luz lunar se mezclaba con la iluminación artificial, y daba de lleno en el altar a oscuras donde destacaba la estatua de piedra, una mole cuadrada tallada con motivos extraños. Nada perturbaba el silencio y vacío del lugar. Apenas sí llegaba el rumor que provenía de las pocas ventanas que daban al patio: posiblemente otros monjes retirándose a dormir. Lebben condujo a Ceyátl hasta la que sería su habitación: allí estaba toda la ropa que necesitaría y los utensilios personales bien dispuesto sobre una de las tres camas que había en la habitación. Luego le señaló un papel pegado en una pared, con horarios e indicaciones.
Ceyátecpatl observó todo en silencio y miró a Lebben interrogativamente.
−Esta será tu habitación −dijo éste.
Ceyátecpatl juntó las manos en un gesto de aceptación, en silencio hasta que le dieran permiso para hablar, a lo cual el Sumo Sacerdote le indicó que lo hiciera:
−#FFA500;">Gracias por acogerme en el templo. Serviré al Valiente lo mejor que pueda a mi leal entender− el joven xhuiteca inclinó la mirada llevando las manos juntas a la altura del pecho, como vió hacer a otros monjes: −#FFA500;">. No me dejaré ver más allá de lo estrictamente necesario, Reverendo Sumo Sacerdote.
Todas esas palabras le eran ajenas, como si fueran dichas por otra persona. Ceyátl era consciente de que su vida dependía de cómo obedeciera las instrucciones que Lebben le diera pues estaba en sus manos.
El Supremo Sacerdote observó que todo estuviera en orden. Luego miró a Ceyátl a los ojos. Éste le sostuvo la mirada con esos nuevos ojos dorado oscuro que tenía ahora.
−Esta es tu casa, es mi casa. Servirás a la casa para los fines de todos, en pos de lo que se te ha ofrecido, en tanto te sea requerido. Duerme ahora. Reponte. Mañana será un largo día.
−#FFA500;">Así será....−saludó respetuosamente Ceyátl. Realmente se sentía extenuado.
Lebben, el Supremo Sacerdote de Hankkoro, se giró sin hacer reverencia alguna y se retiró del lugar.
Recién entonces, Ceyátecpatl se desnudó y se echó en la cama, durmiéndose en un instante..
(continuará)