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El Servidor del Valiente (II)
por Gaiane Turian y VueloNocturno
/ Lunes 11 de mayo de 2009
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Era ahora un monje de Hankkoro, un servidor del Valiente, del Señor de la Guerra. Y no se llamaba Laixhan Baimal sino Ceyátecpatl, Guerrero de Piedra. Lo recordó poco después de que uno de sus compañeros de habitación lo despertó: un joven también monje, de cara redonda y dientes demasiado salientes. Miró el reloj que estaba sobre la puerta: cinco menos cuarto. Caminó por los amplios pasillos del templo
¿Dónde estaba? La luz tenue del anochecer entraba por un ventanuco. Ceyátecpatl reconoció rápidamente la cama de su compañero de habitación, la austera decoración de metal, piedra y lana. Sentado sobre la cama estaba un muchacho delgaducho, de aspecto macilento, también con la cabeza rapada. Desnudo. Le observó, con cierta fascinación. El otro notó su mirada y rápidamente tomó una prenda doblada y se la colocó: era una túnica negra sin adornos.
Miró que sobre una silla al lado de su propia cama había dejado la túnica al descuido. Se la puso sobre el cuerpo. La lanilla picaba un poco, quízá por el calor que había pasado al dormir
Un monje de Hankkoro, ésa era su nueva identidad. Se puso de pie, imitando los movimientos de su compañero. Éste pareció notarlo, incómodo.
−#E6E6FA;">Tienes exactamente ocho minutos para darte un baño −informó el otro. Luego presentate aqui. Directo al fondo estan los baños.
No se demoró en nada: presentía por el tono del muchacho que era mejor hacer lo que decía. Afortunadamente, los demás se habían bañado, asi que no tuvo que esperar a que las duchas se desocuparan. Abrió la canilla y el agua helada golpeó su cuerpo haciéndole tiritar. No había agua caliente. Seguramente, una de tantas pruebas para el servicio del Valiente. El deseo de huir del frió hizo que estuviera listo en 7 minutos 10 segundos. Momento en que llegó al cuarto que compartía con el otro monje. Este asintió al verle.
−#E6E6FA;">Hemos de ir a desayunar. Date prisa, al Supremo no le gusta la impuntulaidad.
Ceyátecpatl apretó el paso, uniéndose al grupo de monjes de diferentes edades que se dirigían hacia un mismo lugar: un amplio salón con mesas largas. Cerca de la puerta vió un grupo de niños vestidos con túnicas negras sin adornos, similares a la suya. Sintió oprimírsele el pecho: en algun lugar, dentro de unos meses, nacería un hijo suyo, que no tendría padre. Ójalá sea niña, asi sufre menos, pensó.
Alguien le tocó un hombro:
−#FFF8DC;">Con permiso... −Era una voz ronca. Ceyátecpatl se giró para ver quen era: un monje anciano. Notó que llevaba una túnica con delgadas líneas plateadas en los bordes: seguramente de rango superior al suyo. Hizo una reverencia respetuosa y supo, por la mínima reverencia del anciano monje, que había hecho el gesto correcto.
Entró al bullicioso salón comedor. Contó unos treinta monjes, incluyendo el grupo de niños. Todos hombres. Ninguna mujer. Era como un gigantesco mohtlan, ¿dónde estaban las mujeres? Se sentó junto a su compañero de habitación, en silencio. El Supremo Sacerdote no apareció a desayunar. Todos tomaron su te de hierbas y sus frugales galletas en breves veinte minutos y luego se levantaron en direccion todos al mismo lugar. Ceyátecpatl los siguió sin preguntar, tratando de pasar desapercibido.
Reconoció el patio al que se había asomado la noche anterior. Ahora los treinta monjes se distribuyeron en 6 filas de 5 monjes cada una, mirando hacia el altar de piedra que se alzaba sobre una pequeña plataforma escalonada. Junto a éste había un trono. Desde un costado, vió aparece al Supremo Sacerdote. Reconoció de inmediato al diloxun: el cabello blanquisimo caía en bucles sobre el pecho, hasta la cintura, a un lado del rostro. También su estatura imponente le hacia inconfundible. Su actitud majestuosa, de severa dignidad conseguían imponer respeto sin que tuviera que decir ni una sola palabra. Á su lado, otro monje aguardó, con una leve diferencia: un individuo de cierta edad ya.
Entre dos monjes traían por los brazos a una mujer, la única en todo aquél lugar, frente al altar de Hankkoro. La mujer caminaba erguida, con el mentón levantado, paso lento. Su tez pálida contrastaba con la oscuridad del suelo de granito negro y paredes de piedra gris muy oscuro. Vestía un extraño vestido de papel y un estandarte del mismo material, adherido a la espalda, ambos blancos: los colores de la muerte.
La mujer sostuvo la mirada del Supremo Sacerdote, giró la cabeza lentamente, para mirar a los demás. Tenía unos curiososo ojos violetas de intenso mirar. Los dos monjes que la escoltaban, en una maniobra súbita, la tomaron por las manos y por los pies y la alzaron sobre una cuña de piedra, que se levantaba justo delante y más abajo, del altar.
Un muchachito, curiosamente también de tez azulada, se adelantó, sujetando con ambas manos una pieza circular de piedra, que le hacia temblar sus brazos y andar despacio hacia donde sostenían a la mujer. Alzó el círculo de piedra hasta colocarlo justo debajo de las costillas de la mujer.
−#E6E6FA;">Es Leidanar, el hijo del Supremo Sacerdote −informó a su lado su compañero de habitación.
Ceyátecpatl asintió, volviendo a prestar atención a la ceremonia que tenía lugar en el altar de Hankkoro. El monje que estaba junto al Supremo Sacerdote sacó de entre sus ropas un cuchillo de extremo redondeado. Lo alzó al cielo, y el metal brilló contra los rayos del sol naciente. Luego, los demás empezaron a cantar:
#00BFFF;">Oh, Valiente
Oh, Señor de Mil Batallas,
Ármanos con Tu Poder,
Arma nuestro brazo
Acepta nuestra ofrenda
Que de tu agrado ésta sea.
Entretanto, el monje hundió el cuchillo entre las costillas de la mujer, bajo la atenta mirada de Leidanar y los demás, sin dejar de repetir una y otra vez las estrofas del cántico. Pronto, al cuchillo le siguieron las manos del monje, quien arrancó el corazón de la mujer que aún se agitaba en un violento estertor. Lo alzó mientras repetian los demás:
#00BFFF;">Acepta nuestra ofrenda,
que de tu agrado sea
Ceyátecpatl sintió naúseas al ver todo aquello, pero consiguió contener sus arcadas. No debía mostrarse débil ante nadie allí. Pudo ver al que decian Hijo del Supremo Sacerdote, sostener el cuenco de piedra con toda la fuerza que sus delgados brazos le permitían, recogiendo la sangre que fluía a borbotones de entre las costilla de la víctima. No pareció importarle que el violento chorro de sangre al extraer el corazón salpicara sus cabellos y sus ropas. No había temblado ni cambiado la expresión seria de su rostro en ningún momento. Ceyátecpatl se admiró de que el muchacho tuviera esa impavidez. O tenía un autocontrol increíble o era un sicópata. Esa última alternativa le resultó inquietante. Bajó la mirada un instante, mirando las junturas de las losas del suelo.

−#FFA500;">Tenemos un nuevo servidor del Valiente aquí −la voz atronadora del Supremo Sacerdote rebotó en las paredes que cercaban el patio−#FFA500;"> Ha venido en busca de la templanza que Hankkoro concede a quienes lo veneran y sirven. Enseñadle todo lo necesario para que pueda cumplir su menester.
Varios monjes clavaron sus miradas en Ceyátecpatl. Uno de ellos le indicó, con un ademán, que se acercara al altar.
−#F0FFFF;">Arrodillate −le indicó el monje sacrificador. Ceyatl dobló las rodillas sobre las losas.
#00BFFF;">Oh, Hankkoro, oh, Valiente, acepta a tu servicio a este nuevo servidor tuyo, Ceyátl Tepactl y bendícele.
Hubo un profundo silencio, mientras Ceyátl sentía el espeso líquido rojo, viscoso y cálido, deslizarse sobre su cráneo pelado, sus hombros, sus brazos, su espalda, su pecho. Cerró los ojos. Rojo, poderoso, sangre vencida, que limpiaba toda su vida anterior. Sintió un estremecimiento, las vísceras se le contrajeron. No pudo evitar temblar. Sentía las miradas de los otros, aún sin verlos, y sintió que las mejillas se le enrojecían: no podía flaquear, no ahora, no ahora. Quizo decir algo, musitar algo que sonara a agradecimeinto, pero las palabras se le trababan en la garganta y morían antes de nacer.
−#FFA500;">Puedes ponerte en pie −indicó el Supremo. Esa voz le intimidaba sobremanera, así que obedeció de inmediato. Trató de mantener un porte lo más digno posible. A pesar de sentirse sucio, impregnado de aquella sangre ajena y que las rodillas iban a flaquearle en cualquier momento. Consiguó alzar la mirada y murmurar:
−Que así sea, la voluntad de Hankkoro.
La mirada gris y fría del Supremo Sacerdote se suavizó un tanto, al tiempo que hizo un minimo gesto de aprobación. Había hecho lo correcto, pues.
Los demás se dispersaron enseguida. Así supo que, por fin, el culto había terminado. Vió junto a él, al muchachito diloxun, que le sonreía con unos dientes blanquísimos en contraste con la piel azul oscuro.
−#FFF8DC;">El comienzo es duro, pero ya te acostumbrarás −Dijo, en perfecto xhuiteca.-#FFF8DC;"> Ven te daré ropas limpias.
El tono amistoso en la voz del chico le devolvió la confianza y le reconfortó un poco. Era extraño, ese azul no manifestaba hostilidad hacia él. Al menos parecía alguien amable en ese ambiente donde todos le miraban con algo entre la reprobción y la indiferencia.
−#FFF8DC;">Compartes cuarto con Aktuk. Te comento los horarios: a las cinco te levantas y se hacen los cantos al alba. Luego tienes media hora para bañarte y vestirte. A las 6:15, desayuno. A las siete entrenamiento, a las nueve, clases para los que no fueron a la escuela o historia sacra, a las once teoría de guerra, a las doce, almuerzo hasta la una. Desde la una hasta las tres descansas, puedes estudiar, hacer tu tarea o dormir siesta, tú sabrás. De tres a 5, artes marciales, de 5 a seis lecturas sagradas, de seis a ocho, cánticos sagrados, de ocho a nueve el culto nocturno y a las nueve hasta las 10 cena. A las once todos deben estar durmiendo. Y dormirás, te lo aseguro.
Ceyátecpatl rió suavemente: −Ya lo creo que quedaré agotado con ese ritmo− susurró.
−¿Cómo te llamas?− preguntó enseguida.
−#FFF8DC;">Leidanar y tu eres Ceyatepal... disculpa, vuestros nombres son complicados! ¿Porqué viniste al templo?
−Para templar mi carácter− dijo el aludido, brevemente.
−#FFF8DC;">Aqui hemos de ser fuertes −el muchachito se puso serio−#FFF8DC;">. Callamos las penas, hay que hacerlo. Si no lo haces, los demás te aplastarán, ¿comprendes?
Ceyátl asintió levemente, con cierta pena al notar el tono poco infantil del muchachito, que no tendría más de diez u once años. El abrió un armario y sacó una túnica y unas sandalias:
−#FFF8DC;">Toma. Cámbiate. En diez minutos tendremos entrenamiento. −dijo, mientras agregaba una toalla y una pastilla de jabón.−#FFF8DC;"> El baño es por allí. Deberás servir en el almuerzo. Recuerda no volcar la comida, eso te hará que te castiguen y a la noche debas trabajar y dormir menos. Procura aguantar y hacerlo bien. −El tono del chico era amable a pesar de las palabras duras.
Ceyatl asintió y cuando entró al baño, pudo mirarse en el espejo. La sangre seca revestía su cabeza pelada y sus sienes y mejillas, dándole un aspecto terrible. Tan diferente del rostro impecable, enmarcado por un deslumbrante cabello rubio, que había sido de Laixhan Baimal. Esa apostura que había sido su condena, ahora iba camino a la reciedumbre que debía forjar para su nueva identidad: Ceyatécpatl. El antiguo Laixhan debía desaparecer para siempre. Sabía que lo conseguiría. Debería conseguirlo. A como diera lugar.
Sí, es cierto, deberíamos postear más seguido. Vayamos pensando qué relatos serían posteables ^^ Aun estoy esperando que termines uno que tienes pendiente, Arjunita :P
Es copado postear los realtos, creo que tendríamos que hacerlo más seguido :)